LA MISERICORDIA DEL PADRE

A – Ambientación

Jesús afirma en sus evangelios que el Padre es quien posee la vida, esa vida se la ha dado a Jesús y Jesús nos la transmite a nosotros si creemos en Él. Pero la vida que el Padre nos quiere regalar por Jesús no se refiere solo al más allá. Es una vida que se empieza a disfrutar aquí y ahora, que se nos da a pesar de nuestros fallos, y que pide de nosotros actitudes concretas hacia los demás: ser como el Padre del cielo.

En el encuentro de hoy vamos a ver cuál es el rostro del Padre que Jesús presenta al perdonar a la mujer adultera, al regalarle una nueva vida. Como seguidores de Jesús ése es el rostro que estamos llamados a mostrar, la vida que queremos difundir.


B – Miramos nuestra vida

Hay comportamientos que socialmente no son admitidos. Por ejemplo, no se ve bien a las personas que están enganchadas a la droga, o a las que han caído en la prostitución, y rápidamente pasamos a enjuiciarlas: «son unas viciosas, gente de mal vivir»… Solemos juzgar a los demás según nuestro modo de ver las cosas, de acuerdo a nuestra forma personal de situarnos ante la vida: “ése no sabe organizarse», “aquélla derrocha el dinero», «vaya ideas que tiene éste!”…

  • ¿A qué tipo de personas suele juzgar con mus dureza nuestra sociedad? ¿Qué se dice de ellas?
  • Y tú, ¿a quién juzgas más duramente?


C- Escuchamos la Palabra de Dios  Jn 8, 1-11

Como cristianos, nuestro punto de referencia no es la sociedad, sino Jesús. Los evangelios recogen sus actitudes en diversas circunstancias de la vida. Veamos que tiene que decir de las condenas a las que, a veces, sometemos a los demás.

– Invocación al espíritu:

Para hacernos conscientes de que vamos a escuchar la Palabra de Dios, nos preparamos con un momento de silencio o con una breve invocación al Espíritu Santo.

Proclamación de Jn 8,1-1 1.

Jesús se dirigió al monte de los Olivos.  Por la mañana volvió al templo. Todo el mundo acudía a él y, sentado, los instruía.  Los letrados y fariseos le presentaron una mujer sorprendida en adulterio, la colocaron en el centro,  y le dijeron: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.  La ley de Moisés ordena que dichas mujeres sean apedreadas; tú, ¿qué dices?  –decían esto para ponerlo a prueba, y tener de qué acusarlo. Jesús se agachó y con el dedo se puso a escribir en el suelo.  Como insistían en sus preguntas, se incorporó y les dijo: -Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra.  De nuevo se agachó y seguía escribiendo en el suelo.  Los oyentes se fueron retirando uno a uno, empezando por los más ancianos hasta el último. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí de pie en el centro.  Jesús se incorporó y le dijo:

– Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? 

Ella contestó:

-Nadie, señor.

Jesús le dijo:

-Tampoco yo te condeno. Ve y en adelante no peques más.

Reflexión y compartir:

Leemos de nuevo el pasaje personalmente y consultamos las notas de nuestra Biblia. Entre todos tratamos de responder a estas preguntas:

  • ¿Cómo actúan los acusadores frente a la mujer? ¿Qué dicen?
  • ¿Cómo actúan los acusadores frente a Jesús? ¿Qué dicen?
  • ¿Cómo actúa Jesús frente a los que acusan? ¿Qué les dice?
  • ¿Cómo actúa Jesús frente a la mujer? ¿Qué le dice? ¿Qué rostro del Padre presenta Jesús en este pasaje?

D – Volvemos sobre nuestra vida

Al comienzo descubrimos con qué facilidad y superficialidad juzgamos a la gente, con qué rapidez les arrojamos piedras. Leyendo el evangelio de Juan hemos comprobado que Jesús no fue así. Era el único que podría haber apedreado a la mujer y no lo hizo. Su mirada iba más allá de las apariencias. Después de contemplar la actitud de Jesús, vamos a sacar consecuencias concretas para nuestra vida:

  • ¿Qué aprendes de la actitud de Jesús con respecto a los juicios que hacemos sobre los demás?
  • ¿Cómo podemos mostrar el rostro misericordioso del Padre?

Intenta dar respuestas que te lleven a adoptar actitudes concretas para la vida.

E- Oramos

Expresamos en forma de oración todo lo que hemos meditado y dialogado a partir de la lectura de este pasaje. Volvemos a leer Jn 8,1-1 1 en clima de oración.

Cada miembro del grupo que mantenga una piedra en la mano. Con este símbolo, cada uno recuerda:

  • Las piedras con las que la sociedad golpea la vida de muchas personas.
  • Las pedradas que yo he recibido.
  • Las piedras que he lanzado.

Dejamos la piedra en el suelo. Reconocemos nuestro pecado y nos confiamos a la misericordia de Dios que acepta un corazón arrepentido. Recitamos juntos el Salmo 51 (50):


Misericordia, oh Dios, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa,  lava del todo mi delito y limpia mi pecado.  Pues yo reconozco mi culpa y tengo siempre presente mi pecado.  Contra ti solo pequé, cometí la maldad que repruebas. Que tus argumentos te hagan justicia y resultes inocente en el juicio.  Mira, culpable nací, pecador me concibió mi madre.  Tú quieres la sinceridad interior y en lo íntimo me inculcas sabiduría. Límpiame con hisopo del pecado, lávame hasta quedar más blanco que la nieve.  Anúnciame gozo y alegría, que se regocijen los huesos triturados.  Tápate el rostro ante mi pecado y borra toda mi culpa.  Crea en mí, Dios, un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme;  no me arrojes lejos de tu rostro ni me quites tu santo espíritu;  devuélveme el gozo de la salvación, afiánzame con un espíritu generoso.  Enseñaré a los malvados tus caminos, y los pecadores volverán a ti.  De homicidio líbrame, oh Dios, Dios y Salvador mío, y mi lengua aclamará tu justicia.  Señor mío, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza.  Un sacrificio no te satisface, si te ofrezco un holocausto, no lo aceptas. Para Dios sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y triturado, tú, Dios, no lo desprecias. Dígnate favorecer a Sión y reconstruye la muralla de Jerusalén;  entonces aceptarás sacrificios legítimos, ofrendas y holocaustos, y sobre tu altar se inmolarán novillos.

Terminamos escuchando una canción:  CINCUENTA (Brotes de Olivo)